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En Roncesvalles, punto de partida del Camino de Santiago, uno siente la historia y la leyenda que mana de este mítico lugar.
 
Fue un enclave vital en Europa durante la Edad Media. Miles de peregrinos acudían de todas partes. La Chanson de Roland, el cantar de gesta más antiguo de Francia (siglo XI) traspasaba fronteras relatando la historia del legendario héroe, que perdió la vida en aquellos parajes en la batalla en la que Carlomagno fue derrotado por los vascones en el 778.
 
En el 1127, se construyó un hospital en el alto de Ibañeta, pero las nieves y el frío, aconsejaron cinco años después trasladarlo a Roncesvalles. Pronto comenzó a recibir la Colegiata los favores de nobles, peregrinos y monarcas europeos, especialmente los de Sancho VII el Fuerte.
 
La Real Colegiata, de estilo gótico rural francés del siglo XIII y con cinco magníficas vidrieras, está compuesta por tres naves sin crucero, un claustro del XVII y una hermosa sala capitular, también capilla de San Agustín o Preciosa, donde descansan los restos del rey Sancho VII el Fuerte y su esposa. Este mausoleo recoge el tamaño real del rey. No es broma. Un estudio sobre su fémur demostró lo que las crónicas de la época decían: medía 2,25 metros.
 
La Colegiata resguarda también una bella imagen de Nuestra Señora de Roncesvalles, del siglo XIV, cubierta toda de plata, excepto cara y manos. Es sorprendente la expresión de sus rasgados ojos mirando al Niño.
 
En el edificio más antiguo, la Capilla del Sancti Spiritus o Silo de Carlomagno (siglo XII), están enterrados los peregrinos que morían en Roncesvalles y según dicen, los doce pares de Francia muertos en la batalla de Roncesvalles. Cuentan que fue construída sobre la piedra en la que Roldán hundió su espada Durandal tras la derrota.
 
El museo conserva piezas de esmaltería, orfebrería, escultura y pintura, en especial la Sagrada Familia de Luis de Morales, un tríptico flamenco y el Evangeliario de Roncesvalles o el ajedrez de Carlomagno.
 
Además, Roncesvalles se completa con la Capilla de Santiago y la Cruz de los Peregrinos que desde el XVI nos despide cuando abandonamos Roncesvalles.