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Comenzamos el recorrido por el burgo de la Navarrería, donde se encuentra la catedral de la ciudad. Visto el edificio de frente, su carácter medieval queda oculto tras la portada de transición al neoclasicismo que se levantó a finales del siglo XVIII según las trazas de Ventura Rodríguez. Sin embargo basta con rodear el edificio por la izquierda para encontrarnos en la plaza de San José (1), donde sí podemos contemplar la original fisonomía de los muros catedralicios y una de sus portadas laterales originales, fechada en el siglo XV. Merece la pena disfrutar del ambiente silencioso y recogido de esta encantadora plaza. La casa más antigua que encontramos en ella se fecha en el siglo XVI, es la casa número 7, y pertenecía al músico de la catedral. Está realizada en sillar con un arco apuntado de ingreso, y se construyó cuando se terminaron las obras del templo. Frente al edificio catedralicio se encuentra la calle sin salida llamada "Salsipuedes", que termina en el convento de las Carmelitas, cuya fachada fue diseñada a fines del siglo XIX por el arquitecto diocesano Florencio Ansoleaga. El mismo arquitecto proyectó el convento de las Siervas de María, que hace esquina con la calle Redín (2). Si nos asomamos a esta calle se puede contemplar el pasadizo elevado que utilizaban las monjas para cruzar la calle sin romper la clausura. Podemos recorrer esta romántica calle hasta llegar a las murallas, a la zona conocida como Rincón del Caballo Blanco (3), que tiene también un particular encanto. Allí se encuentra un mesón que se construyó en los años 60 siguiendo modelos medievales y aprovechando algunos elementos de antiguas edificaciones del siglo XV. Junto al mesón se colocó en los mismos años el crucero del Mentidero (1500).
 
Calle Redín.
 
LA CATEDRAL (4). La visita al templo catedralicio resulta imprescindible, ya que es uno de los principales tesoros de la ciudad. El edificio gótico que se conserva sustituyó al antiguo templo románico que resultó seriamente dañado durante la guerra de la Navarrería (1276).
 
Primeramente se levantó el nuevo claustro, cuyas obras duraron todo el siglo XIV. Se realizó en estilo gótico, con una fuerte influencia francesa. En él destaca la labor escultórica desarrollada en las puertas que dan acceso a las diferentes dependencias, como la puerta del Amparo y la puerta Preciosa, ambas desarrollando el tema de la Dormición de la Virgen. Antes de penetrar en la catedral podemos admirar la capilla Barbazana, donde está enterrado el obispo Arnaldo de Barbazán (1318-1355), cubierta por una magnífica bóveda estrellada y donde se encuentra la Virgen del Consuelo, el refectorio, hoy convertido en pequeño museo catedralicio, la cocina y la cilla, donde se expone una excelente colección de marfiles y orfebrería, destacando el relicario del Santo Sepulcro, regalo del rey San Luis de Francia, con esmaltes de Limoges, las cubiertas del Evangelio de la catedral, del siglo XIII, o el relicario del Lignum Crucis.
 
Accedemos a la catedral por la puerta del Amparo, y nos encontramos con un gran edificio que se levantó principalmente a lo largo del siglo XV y que presenta una gran unidad formal y estilística. La catedral de Pamplona sirvió de panteón a los reyes de Navarra desde la restauración de la monarquía en 1134, aunque tras el derrumbamiento de sus cubiertas en 1390 todos los sepulcros existentes se perdieron a excepción de uno, que se conoce como el de "la infantita", que se encuentra incrustado en el muro sur junto a la citada puerta del Amparo. Se conserva también la sepultura del monarca que intervino más directamente en la construcción del nuevo templo gótico, Carlos III el Noble de Navarra. Sólo por contemplar este magnífico sepulcro situado frente al presbiterio merecería la pena entrar en el edificio. La obra la realizó el maestro Johan Lome de Tournai, llegado probablemente de París, entre los años 1413 y 1419. Utilizó para labrar las esculturas alabastro de Sástago, material en el que modeló con gran perfección los rasgos de Carlos III, la belleza de su esposa, doña Leonor, y la riqueza de los tejidos que los visten.
 
Además de esta obra, destaca en el presbiterio la imagen de Santa María la Real, románica, los retablos de Santo Tomás y del Cristo de los Caparroso, de comienzos del siglo XVI, dos retablos con tallas de Francisco Jiménez Bazcardo y el soberbio Cristo romanista de Juan de Anchieta, situado en la antigua parroquia de San Juan, donde preside el altar un retablo romanista dedicado al santo precursor.
 
No se puede dejar de visitar la Sacristía, un oasis cortesano y rococó en medio de la espiritualidad gótica que preside todo el templo.